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Soy Matías Cánepa, y te invito a recorrer mi sitio web.

Aquí tendrás acceso a mi blog, en el que expresaré mis opiniones sobre distintos temas y en el que podrás participar, conversar y comunicarte conmigo de manera simple y rápida.

Me interesa intercambiar ideas, inquietudes y opiniones sobre temas de educación, seguridad, economía, urbanismo y todos aquellos temas que tengan que ver con la ciudad de Salta, la actualidad del país y la realidad del mundo.

Espero que te guste este espacio.

Gracias por visitarme.


 

Una maestra canadiense, Maggie Mac Donnell, que enseña en un pueblito remoto de Canadá, donde había altos indices de embarazo adolescente, consumo de alcohol y drogas y una alta tasa de suicidios entre adolescentes varones, fue reconocida con el “Global Teacher Prize”.

Ella, docente formada en la Universidad y una maestría en salud física, diseñó una serie de talleres y cursos que lograron motivar y movilizar a sus estudiantes y creó un espacio de deportes que fue como el epicentro de la vida de sus alumnos.

Esto generó un cambio en la vida de la comunidad. “En tres ocasiones he tenido estudiantes que han venido a darme las gracias por haberles salvado la vida, habían pensado en suicidarse”, comentaba con emoción.

En diversas entrevistas esta docente marcaba dos puntos esenciales de sus proyectos para modificar la dolorosa situación social que se vivía en Salluit: había que ayudar a sus alumnos a descubrir sentidos vitales y autoestima.

Para lograrlo, su abordaje pedagógico, que  surgía siempre de la realidad en la que estaba, se centró en encontrar las fortalezas de la comunidad, “ver lo que tenemos”.

A partir de allí, construyó una red entre los alumnos y los vecinos para desarrollar un cúmulo de actividad de voluntariado que ayudara a solucionar problemas concretos en la comunidad y por otro lado la comunidad se insertaba entre los alumnos como por ejemplo cuando incorporó a una abuela “contadora de cuentos”.

Es un un ejemplo inspirador como lo fue Hanan Al Hroub, profesora de una escuela de Palestina que ganó el premio del año anterior.

En ese caso, ella trabajaba en una zona de conflicto y violencia y también desarrolló un proyecto pedagógico creativo y específico. Podría resumir su visión en algunos puntos que valen la pena señalar:

  1. La educación no se limita a enseñar contenidos, sino a ayudar a a los alumnos a relacionarse positivamente con los demás, y a aprender a vivir.
  2. Enseñar a manejar y transformar las emociones y los sentimientos como la ira, el miedo, la tristeza, la frustración, para así superar las dificultades.
  3. Poner especial atención en la formación de los docentes y que tengan verdadera vocación
  4. Los abordajes pedagógicos deben ser integrales y multidisciplinarios. Los directivos deben estar comprometidos y no ser meros administradores.

Cuando recibió el premio, Maggie Mac Donnell repitió varias veces “los maestros importan” y cuanta razón tiene.

 

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Cuando uno mira el cielo nocturno, surge casi siempre esa idea de la inmensidad del cosmos y la necesidad de preguntarse de donde vino todo. Lo mismo pasa cuando contemplamos la diversidad de formas de vida que hay en nuestro planeta.

Son interrogantes que abordó la filosofía y las distintas tradiciones religiosas.

Hoy también las ciencias que estudian el universo, la cosmología y la física teórica así como las  ciencias biológicas, se hacen preguntas que avanzan sobre esos campos, que van más allá de las propias áreas de estudio.

Ese universo, que según la teoría más aceptada, surgió del Big Bang, hace más de 14 mil millones de años, se sigue expandiendo desde ese primer inicio en donde la materia estaba como concentrada bajo temperaturas enormes e impensables.

El tiempo y el espacio de todo el universo superan la posibilidad de imaginarlo. La tierra surgió como tal hace 4.5 mil millones de años, cifra que nos indica la radical pequeñez de la vida humana.

Nuestro universo está compuesto por más de cien mil millones de galaxias y para darnos una idea, la nuestra, la Vía Láctea, tiene más de 200 mil millones de estrellas.

Pero, además de ese macrocosmos, está el microcosmos de las partículas elementales. Un mundo misterioso y también inmenso, donde las partículas sub atómicas “danzan” frenéticamente.

Desde esas partículas, como los quarks, hasta los planetas, desde las galaxias hasta esquemas organizativos complejos de la materia, desde las moléculas hasta las células y los organismos vivos, los números y cualidades de todo lo que nos rodea es abrumador.

La ciencia sólo formula hipótesis sobre como se pudo originar la vida a partir de la materia inerte. La que sostiene que las millones de especies que existen en el mundo han sido producidas sólo por mutaciones azarosas y luego validadas por la selección natural, chocan con las posibilidades que surgen de los grandes números de las estadísticas. Por otro lado, el mismo Darwin, cuando consideraba la complejidad del ojo como estructura orgánica, no encontraba una respuesta adecuada en el dios azar. La evolución parece tener una direccionalidad.

El cosmos sería lo opuesto al caos. Posee leyes químicas y fuerzas físicas que explican en gran medida su funcionamiento y en caso de la biología, esto también aparece.

Hay como una estructura matemática en el macro y micro universo. Algunos dicen que la materia es infinita, no tiene comienzo ni final, otros sostienen que esto no es así. Aquí la ciencia se abre a la discusión filosófica y hasta teológica.

Preguntas como “de donde surgieron estas leyes y fuerzas que rigen en universo” o “porque existe algo en vez de nada”, son espacios en donde la física teórica y la cuántica, entre otras, se unen al mundo de la filosofía.

Pero, además de todo esto, está “el mundo interior” del ser humano. Un ser con “conciencia”, que puede reflexionar sobre sí mismo y sobre todo lo que existe. Alguien insignificante pero a la vez que incluye en sí mismo las perfecciones del universo; alguien que es parte del mundo, aunque de alguna manera también lo trasciende. Esto también es motivo de discusión en la ciencia y la filosofía.

Si consideramos que el hombre es libre, aunque condicionado, nos abrimos a la perspectiva de que hay una diferencia entre el “sistema nervioso” y la mente. El helio y el hidrógeno no podrían explicar adecuadamente al hombre y su puesto en el cosmos.

De alguna manera todo el macro y micro universo que lo rodea,  produce en el ser humano un sentimiento de poder pero también un sentido de límite, de fragilidad.

El ser humano siente la necesidad de indagar. Esa voluntad de saber es una huella de una dimensión que lo hace parte y distinto del mundo orgánico.Como un filósofo dijo, está “abierto al mundo, no ligado al mundo”.

Muchos de estos debates nunca tendrán un cierre, aunque se enriquezcan las perspectivas que participan del mismo.

Ahora más que nunca, cuando la ciencia hace avances tan espectaculares, está llamada a asumir la responsabilidad de su tarea en terrenos como por ejemplo la ingeniería genética.

El cientificismo que cosifique o reduzca al ser humano a ser un objeto de la manipulación sin limites puede llevarnos a lo contrario a lo que esta llamada la ciencia que es descubrir el “como” pero sirviendo a la humanidad. La discusión ética en estos terrenos nunca puede ser soslayada.

Pero también es fundamental que los seres humanos pongamos esfuerzo en conocer el “mundo interior” que poseemos. Esto será un camino para ganar en  “sabiduría de vida”.

Durante toda la historia de la humanidad, diferentes creencias y filosofías han propuesto y proponen a cada ser humano y a cada sociedad caminos para vivir en plenitud. Si no profundizamos este conocimiento dejaremos inexplorado lo más importante de la riqueza de nuestra existencia.

Sobre esto último, valen las palabras de Martin Luther King: “Hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.”

Matías Cánepa   www.matiascanepa.com

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Hanan Al Hroub es una profesora de secundaria en una escuela pública de Palestina, que en el año 2016 ganó el “Global Teacher Prize”. Este galardón, que además otorga un premio de un millón de dólares, es entregado por la Fundación Varkey al profesor o maestro que haya hecho un aporte sobresaliente a su profesión.

Hanan Al Hroub

Su vocación docente nació luego de que sus hijos, que vivían en una zona de conflicto, presenciaron un tiroteo en el que fue herido su padre. Esto los traumatizó, y en consecuencia afectó severamente su desempeño en la escuela.

Para ayudarlos, Hanan se involucró con el espacio de la educación y hoy, ya como docente, trabaja para acompañar y sostener a muchos niños que viven en un contexto de violencia. Diseñó, con grandes resultados, un método que utiliza actividades lúdicas entre los alumnos para alejarlos del odio, del miedo, de la falta de autoestima, entre otros sentimientos negativos.

Silvana Corso, es argentina y está nominada dentro de los cincuenta finalistas para recibir este mismo premio para el año 2017. Trabaja en una escuela secundaria pública, a la que acuden alumnos con diversas discapacidades físicas y variadas problemáticas. Su método pedagógico procura que cada uno de ellos pueda aprender y relacionarse con los demás de manera saludable, a pesar de las grandes dificultades con y en las que viven. Sigue leyendo

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Sí. Fue una mujer delgada, de baja estatura. La conocimos con su cara llena de arrugas, pequeña. Nada que llame la atención a una mirada que busque un atractivo físico. Su belleza estaba en otro lado.

No trabajaba en una ciudad de las más poderosas, más visitadas y cosmopolitas de la tierra, sino en Calcuta, en la India. No era miembro de ningún gobierno, ni de alguna empresa internacional o del mundo del espectáculo.

Su misión era ayudar a los que estaban abandonados en las calles. Era una monja cristiana, que trató de vivir su fe con toda su alma. Ella veía a Jesús, al que procuraba imitar, en esas personas “descartadas”.

Llamó la atención del mundo. Algunos la siguieron por curiosidad, otros como una rareza quizás simpática, otros para criticarla y quizás la gran mayoría por sentirse inspirados por esa mujer que andaba por las calles socorriendo a personas que morían abandonados, tratados como algo que se tira, despojados de toda dignidad.

Esa pequeña mujer, recibió años atrás el premio Nobel de la paz y hoy, la comunidad de creyentes a la que ella pertenecía, la reconoce como santa.

Ella, sigue dando frutos, porque su camino ilumina a todos los hombres de buena voluntad, sean o no creyentes. Nos ayuda a descubrir el valor y la alegría de dar a los otros sin esperar nada a cambio.

Cada uno en su camino, encontrará esos “abandonados”, material y espiritualmente y podrá seguir su ejemplo en la medida y lugar que cada uno tenga en el mundo que lo circunda. No se necesita ser “grande” como ella, porque como decía:

“No es cuánto hacemos, ni qué tan grande es lo que hacemos, sino cuánto amor ponemos en lo que hacemos” Madre Teresa de Calcuta.

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Hoy es común escuchar hablar o leer acerca de investigaciones sobre el cerebro.  En nuestro país, a partir de la tarea de divulgación del neurocientífico Facundo Manes, estos estudios se hicieron más familiar para el gran público.

Los avances en este campo son muy alentadores. El gobierno de Estados Unidos ha puesto en marcha una iniciativa denominada “Mapa de la Actividad del Cerebro” destinada a medir las actividades eléctricas de las células cerebrales (neuronas) en su comunicación unas con otras. Esto está destinado, entre otras cosas, a poder lograr la cura de enfermedades como el Alzheimer, el Parkinson, la epilepsia o lesiones cerebrales profundas.

Ahora bien, algunos neurocientíficos, a partir de los nuevos conocimientos sobre el sistema nervioso y más allá de su ámbito de estudio, hacen planteos filosóficos al considerar que las explicaciones a las conductas humanas serán develadas por la ciencia, ya que en definitiva, éstas son sólo el resultado de las intercomunicaciones eléctricas y químicas entre las neuronas.

El amor, el pensamiento, la creación artística, la misma conciencia del “yo” que todos tenemos, además de todas las elecciones que tomamos, sólo se explicarían desde nuestro sistema nervioso.

Es verdad que muchas acciones del ser humano pertenecen a la esfera de lo inconsciente o no reflexivo, aunque pueda parecer que éstas son producto de decisiones conscientes y pensadas. Nuestra experiencia previa, nuestro aprendizaje y nuestras emociones juegan un papel importante en las conductas que seguimos.

Sin embargo, sostener ese enfoque filosófico es dejar de tomar en consideración hechos que no pueden ser explicados desde esa postura.

A diferencia de los demás animales, el ser humano tiene la capacidad de “pensarse a sí mismo”, reflexionar sobre su propia vida psíquica y emocional e incluso pararse por encima de los condicionante internos y externos. De esto último todos podríamos poner ejemplos de la vida personal y de la historia humana.

Eso llevó al filósofo Max Scheler a sostener que el hombre ocupa un lugar particular en el cosmos,  porque es como “el asceta de la vida”, capaz de decir que no. Un ser que tiene la facultad de revelarse.

El hombre sólo puede ser explicado desde una visión multidimensional, donde no se prescinde de ninguna éstas: la somática, la psíquica y una dimensión que se podría denominar mente, espíritu o dimensión noológica como la llamó el neuropsiquiatra austríaco Vyctor Frankl.

Esta última le permite tomar decisiones desde el “sí mismo” ( su mente o su dimensión espiritual) y el cerebro ejecuta esas decisiones, como órgano de acción. Mente y cerebro están unidos indisolublemente. Por eso una lesión cerebral, la falta de desarrollo o alguna enfermedad de ese órgano, afectará a la toma de decisiones libre, reflexiva o consciente. Si el cerebro no funciona bien, las capacidades superiores estarán dormidas sin poder manifestarse o sólo se manifestarán parcialmente.

Por otro lado, a diferencia de los demás animales el hombre toma decisiones también basadas, no ya en estímulos físicos, sino apelado por valores inmateriales, como el bien o la justicia. Ese mundo de cualidades inmateriales de las cosas sólo es visible a través de una dimensión que va más allá de la simple interconexión neuronal.

Hay neurocientíficos que por supuesto, no toman esas posiciones extremas y que saltan desde su campo del saber para arribar a conclusiones que no pueden verificar con sus propios métodos. Pero más allá de estos debates, en la práctica vital esto tiene consecuencias.

Si no somos libres, no tenemos responsabilidad por nuestras acciones, con lo cual decrece nuestro sentido de que debemos hacernos cargo de nuestros destino y por tanto que somos responsables de las consecuencias de nuestros actos.

Somos seres condicionados, pero también libres. Educar para la libertad y la responsabilidad es clave para humanizar nuestra sociedad. Eso implica que cada uno sea cada vez más autoconsciente de sus decisiones y tome la responsabilidad de elegir por sí mismo, buscando el sentido correcto en sus actos.

El desarrollo de las neurociencias será un enorme aporte para la vida de las personas. Sin embargo, para poner las cosas en su justa medida, vale lo que dice Guillermo Acevedo: “cualquier intervención biológica puede ayudar a mejorar las condiciones de la carrera de la vida, pero no la corre por él o ella”. El ser humano no se reduce a su sistema nervioso.

PD: para el que le interese véase también en “Lideres Constructores” de Matías Cánepa, pag 85-88

Scanning of a human brain by X-rays

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