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Mandela, un hombre de paz

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Hay hombres, que más allá de su muerte, siguen construyendo la paz. Esto es posible por la fuerza de su legado, por la inspiración que nace de conocer sus historias. Nelson Mandela es uno de ellos, y su historia conmueve.

Nelson Mandela

Vivió en un país cuyos gobernantes consideraban a los que no fueran blancos, como hombres “de segunda”. Simplemente por el color de su piel, no tenían los mismos derechos civiles y menos aún los mismos derechos políticos.

Fue un hombre que tenía un futuro asegurado, dentro del marco de los límites que el régimen establecía para los hombres de color. Sin embargo lo puso en riesgo todo para luchar por una causa que no se relacionaba con el éxito personal o económico y ni siquiera el poder. Perseguía un valor, el de la justicia.

Querer ver a su pueblo libre de opresión lo llevó a casi perder su vida y a la cárcel por ¡27 años!

Creía en la democracia como sistema en donde ni el Estado y ni siquiera las mayorías, podían tiranizar o violentar los derechos fundamentales de cualquier ser humano.

Creía en una sociedad libre y de igualdad de oportunidades para todos. No se dejó llevar por los “cantos de sirena” del comunismo, a pesar que en esa época era muy común que movimientos de liberación de diferentes pueblos, tuvieran inspiración marxista.

Siempre pensó en la reconciliación, incluso en medio de la guerra civil. Llegó a negociar con sus propios opresores y los de su pueblo para logar una salida pacífica a tantos años de violencia e injusticia. Muchos esperaban venganza y no lo comprendían pero él siempre veló por otro camino: el de la paz sustentada en la verdad de lo que había pasado y en el reconocimiento de la tremenda injusticia cometida.

Nunca desfalleció. En la prisión aprendió “afrikáner” el idioma de los opresores y trató de comprender su cultura y sus puntos de vista, pensando, con una fe inquebrantable, que llegaría el momento de que se sentarían a la mesa y que nunca se debía dejar de buscar la unión y la paz entre todos los sudafricanos.

Nunca pensó en que a la opresión blanca debía seguirle una opresión negra contra la minoría blanca.

Este “ícono” de la lucha por la liberación de un pueblo puede seguir iluminando y dando frutos ahora, que en América Latina se empieza a festejar el retorno a la democracia, producido en la mayoría de nuestros países en la década del “80” .

Su vida le “habla” a la política, a los ciudadanos, a  los líderes, a todos.

Fue un hombre sin mezquindades, que creía profundamente en que cada vida está ligada a la de los demás seres humanos, que no somos “individuos autosuficientes” que nos podemos desentender de lo que padecen los demás.

Es un ejemplo profundo en sociedades a veces marcadas por el individualismo vacío en una cultura anestesiada por chimentos, novedades y “espectáculo”. En sociedades en donde muchos líderes no persiguen valores sino poder a cualquier costo.

Sin embargo, cada uno de nosotros conoce muchos “Mandelas” en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestras comunidades. También en muchos líderes de distintas posiciones políticas. Aprendamos de Nelson Mandela, de su pensamiento y se sus obras.

Hoy sigue habiendo “apartheid” para muchos que por su pobreza están excluidos, que tienen su vida truncada.

Una democracia de calidad es la que protege a sus ciudadanos de la arbitrariedad del poder y resguarda sus derechos humanos en un marco en el que todos puedan salir adelante con su propio esfuerzo. Los números de la pobreza sigue siendo el escándalo de este tiempo. Podemos cada uno hacer como Mandela, poner en obra lo que esté a nuestro alcance, por poco que sea, para luchar por valores que valen la pena. Cualquier obra de amor, es obra de paz.

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